BORRADOR 9-24-1 «Rangda»

—Mi estimado Mahr’o, le digo que eso que describe tiene que ver con un desequilibrio en sus humores. Lo más lógico es pensar que…

—¡No! —bramó la anciana, sus ojos abultados y sin párpados clavándose los míos.

Se hizo un silencio incómodo. Todos mirábamos a esa mujer, un testimonio vivo de épocas pasadas, cuyo rostro reseco y arrugado parecía más propio de un cadáver revenido que de una persona viva. Los tendones de su cuello estaban tan abultados que parecía que iban a reventar de un momento para ojo, mientras que su rostro, enmarcado por una escasa cabellera blanca, recordaba al de un reptil de sangre fría. La mujer extendió lentamente sus huesudos brazos hacia Mah’ro, que la miraba con pavor desde el lecho al que estaba encadenado. La boca de la bruja comenzó a abrirse, dispuesta a emitir su diagnóstico. O, tal vez, su veredicto.

—¡Oh, insensato! —la boca desdentada de la anciana se movía con tal violencia que casi parecía que fuese a desencajarse— ¡Lo que tú ves verdaderamente está allí, pues lo has traído sobre ti al romper el tabú!

Quise replicar a aquella aseveración tan profundamente acientífica, pero la anciana pareció darse cuenta y me fulminó con la mirada. Sus pupilas, dos rejillas verticales, parecían rezumar malignidad, una malignidad arcaica y aterradora que me asaltó como una violenta oleada. Sentí un nudo en la garganta y no tuve más opción que bajar la cabeza y abstenerme de comentar. Pude ver como la anciana sonreía con satisfacción y burla. Yo sabía que se equivocaba, pero era imposible discutir con esa… cosa.

No sé de dónde la trajo el viejo Itzagh, pero esa vieja siempre parecía estar envuelta en un halo de misterio y horror, su sola presencia podía hacer que el ambiente de la fiesta más animada se volviese el propio de un velatorio. Nadie osaba sonreír en su presencia. Nadie se atrevía a hablar por encima de ella. Desde que estaba aquí, el señor no era más que un títere impotente, sometido a la voluntad de ese engendro de rasgos reptilianos.

Al escuchar a la bruja, Mah’ro soltó una risa histérica, que pronto se transformó en llanto. Por su parte, la boca de la anciana estaba congelada en una sonrisa sardónica, mientras sus inmensos ojos se mantenían fijos en los míos. Sentía que estaba restregándome mi incapacidad para oponerme a ella. Me señaló con una mano repleta de azuladas y protuberantes venas, mientras bajo sus labios emergían sus mugrientos dientes.

—Puedes irte —escupió—. Ya no te necesitamos aquí.

Miré a mi alrededor, tratando de buscar apoyo, pero nadie replicó, nadie movió un músculo. Todos parecían congelados en una expresión de terror, sus piernas temblando como si estuviesen hechas de gelatina. Casi parecía que temiesen las consecuencias de desafiar a la bruja, aunque no era así. Nadie pensaba en consecuencias, era más algo irracional, como el pánico visceral que inspira la presencia de un depredador.

—Vamos, vete —insistió la anciana.

Asentí con rabia y abandoné de la estancia, sintiendo como aquella mirada antinatural me seguía perforando. Ante mí se abría una escalinata ascendente. Aquella sala donde se encontraba la anciana era una antigua bodega subterránea, que había convertido en su morada. No soportaba la luz, es por ello que había querido ser recluida en aquel lugar, más propio de ratas que de personas. Creo que es apropiado el símil teniendo en cuenta que me refiero a semejante criatura infecta.

En cuanto hube ascendido lo suficiente, fue como si se soltase el nudo de mi garganta y el aire volviese a entrar en mis pulmones. La mirada de la vieja ya no podía alcanzarme, y mi cuerpo pareció sentirlo. ¡Esos ojos, esos ojos malditos! Desde el primer día que los vi me persiguen en mis pesadillas.

Salí al patio de la ciudadela. El arenoso aire del Desierto arañaba mi rostro. Pensé en el ojo de funesto Guhe’tak, del que dicen que vive más allá de las dunas del feudo de Amuh. Era casi como si los ojos de la vieja tuviesen el mismo poder psicófago, como si se adueñaran de alma y la devorasen. Era una sensación atroz, no quería pensar en ello. Es por eso que decidí ir a la zona de piscinas, creyendo que nadar un poco me haría mucho bien.

Creo que quien esté leyendo esto no sabrá quién soy. Pues bien, soy la princesa Thul’asha, conocedora de los más grandes secretos de la alquimia, que nos fueron legados por los viejos maestros. Un conocimiento procedente de un tiempo remoto, antes de la existencia del Desierto. Sé que esta aseveración bastaría para que los seguidores del Credo me tachasen de hereje, pero yo lo digo sin miedo: el Desierto no siempre estuvo allí, es bien sabido que, bajo las arenas, a menudo aparecen restos de una civilización más antigua y avanzada. Cada día, me retuerzo de sufrimiento solo con pensar en esa hipotética sabiduría de los antiguos, que habría desaparecido bajo el imparable avance de las dunas abrasadoras.

Por un tiempo, creí que conseguiría que los súbditos de mi padre acabasen abrazando el escaso pero significativo conocimiento científico que he conseguido rescatar, pero entonces llegó ella. La bruja, Ad’akha, montada en la caravana de Itzagh el mercader. La anciana, haciendo gala de una autoridad inconcebible, se plantó ante mi padre, Amuh, y exigió que le diera un lugar para instalarse. Pude sentir el pánico en los ojos de mi padre, el mismo que me atenaza a mí cada vez que Ad’akha me dirige la mirada.

El lector se habrá dado cuenta de que, aun siendo mi intención hablar de mí, no he podido evitar que el tema se desvíe hacia la presencia ominosa de esa vieja momia viviente a la que todos profesan una mezcla entre pavor y odio. Y en eso pensaba cuando me metí en las aguas de la piscina, deseosa de aclarar mi mente. También pensé en el pobre Mah’ro. Siempre había sido un hombre fuerte, bravo explorador y amigo personal de mi padre. Pero, desde que regresó, no ha sido el mismo. De todas formas y a juzgar por mis estudios, sé que lo que tiene no es grave, tan solo un desajuste con su bilis negra que ha desestabilizado sus humores. Un tratamiento simple lo habría solucionado… Pero no. Ella tuvo que intervenir.

En el momento en que Ad’akha nos hizo saber por medio de un criado que era su voluntad que le llevásemos a Mah’ro para estudiar sus síntomas, nadie se atrevió a plantarle cara. Se lo bajaron encadenado en un camastro y ella pronto tiró por tierra todas mis teorías. Y lo hizo sin tan siquiera argumentar, simplemente impuso sus ideas, basadas en la pura superstición. De todas formas y pensándolo en frío, la mera existencia de esa mujer ya es un desafío para la razón.

Cada día hay menos gente en la ciudadela, quienes han podido han huido, como roedores escapando del áspid. De esa maldita serpiente que nos ha esclavizado y nos obliga a alimentarla y reverenciarla. La bruja, ¡la maldita bruja!

El agua cubría mis miembros. Un sol tenebroso se alzaba en el horizonte, casi oculto entre las nubes de arena, eclipsado por la tiranía del Desierto. De aquel arenal infinito e insaciable en el que los dholes reinaban incontestables y el agua cada día escaseaba más. En verdad era un milagro que el río subterráneo siguiese fluyendo abundantemente la ciudadela y que pudiésemos darnos baños como el que me estaba dando. En verdad en ese sentido éramos afortunados.

Cada día llegaban noticias de más feudos que colapsaban ante la crueldad de la sequía o las incursiones de los ahrimasphaeinn. Nosotros, en nuestra colina, nos sentíamos seguros pero, ¿era real esa seguridad? Tal vez Ad’akha había llegado para recordarnos nuestra insignificancia. La sola presencia de aquella cosa hórrida y reseca había bastado para sacudir la aparente estabilidad de la que gozábamos. Había rumores de que la bruja bajaba por la noche a los pueblos de nuestro feudo con el objetivo de maldecir a las embarazadas o alimentarse de la sangre de los niños. La odiaban y la temían, culpando a mi padre por haberla dado cobijo. Si seguía aumentando la tensión, no tardaría en llegar el día en que se sublevasen contra nosotros. Ojalá comprendiesen que mi padre y yo compartimos sus sentimientos, mi padre se culpa cada día por no haber sido capaz de expulsarla. Pero eso los aldeanos no lo entienden, creen que la estamos protegiendo, que somos cómplices de lo que ellos conciben como una entidad vampírica y antropófaga. Nunca la he visto cometer tales actos, pero nada me sorprendería que Ad’akha realmente fuese una diabólica chupasangres.

«La reina de los Ieyaks regresará de las tierras occidentales el día que el sol muera. Caminará sobre el desierto de la muerte y su voluntad será ley». Las palabras de ese viejo proverbio resonaron en mi mente con el estruendo del trueno. Una fatalidad pronosticada, un mal atávico que había vuelto para quedarse. El sol agonizaba, sí. Se desangraba bajo el velo de la arena, adoptando un color rojo encarnado. Una muerte metafórica, pero muerte al fin y al cabo.

—Por Yuke Kabula.

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