Después vi otra bestia que subía de la tierra; y tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero, pero hablaba como dragón. Esta engaña a los moradores de la tierra con las señales que se le ha permitido hacer en presencia de la bestia, mandando a los moradores de la tierra que le hagan imágenes a la bestia que, aun teniendo la herida de espada, sobrevivió. Y se le permitió infundir aliento a la imagen de la bestia, para que la imagen hablase e hiciese matar a todo el que no la adorase.
Apocalipsis 13:11
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Soy el curial Justino, hace unos meses elegido como oráculo curial de la que se hace llamar “Justa y Nobilísima Orden de los Sacrosantos”. Hoy, escribo esto a modo de desahogo; y es que, por primera vez en mi vida, no estoy seguro de qué es lo correcto y qué no, de dónde está la frontera entre el bien y el mal, si es que acaso existe. No sé si soy el mayor de los virtuosos o el más abyecto de los pecadores, ni si he encaminado al mundo a la salvación o a la ruina. Tal vez he actuado por mi propio libre albedrío. Tal vez he sido manipulado para hacer lo que hice. En definitiva, y tal como diría Sócrates, solo sé que nada sé.
Todo giró en torno a aquel funesto orbe, falsamente venerado como el ojo de Dios y que, supuestamente, permite al Alto Monarca Iluminado comulgar con el Altísimo. Y digo supuestamente, porque ese orbe, pilar legitimador de la Justa y Nobilísima Orden de los Sacrosantos, está mucho más cerca de lo demoniaco que de lo divino. Forma parte de un terrible engaño del que todos los altos cargos de la Institución hemos sido cómplices inconscientes.
Cualquiera que pueda estar leyendo esto sabrá de lo que hablo, en vista a los últimos acontecimientos, de los que todo el mundo, inevitablemente, se ha ido haciendo eco. Y es irónico, porque de no ser por cómo se desarrollaron los sucesos, me habrían tachado de blasfemo y ya estaría crucificado en mitad de alguna avenida, con los cuervos dando vueltas sobre mi cabeza y los transeúntes observándome como lo harían con un miserable bandido. Con aquella mezcla entre compasión y desprecio. Pero no, estoy de una pieza y estoy escribiendo esto. Puede que mañana me intenten matar. Puede que no pase nada. Quién sabe. La anarquía se ha adueñado de la institución. De hecho, no sé si tiene sentido ya usar el título curial en mi introducción, pues, con la caída en desgracia de la Orden, se ha quedado vacío de significado.
Todo comenzó con el día en que había de tocar aquel orbe para recibir mi primera visión, que me permitiría consagrarme como oráculo curial. Esto se hacía en un rito especial, que se iniciaba con el desfile de los oráculos, que recorríamos en procesión el trayecto que separaba el palacio pontificio de la Basílica. Una vez allí y a puerta cerrada, tomábamos parte de una misa privada, dirigida por el Alto Monarca. Durante el transcurso de esa misa, cuando llegaba el momento de la comunión, en lugar de realizarse esta con normalidad, se comulgaba de una forma diferente: lo que hacíamos era tocar el orbe, ya que así, en teoría, estábamos conectándonos directamente con Dios, y este nos mostraba lo que había pasado, estaba pasando y habría de pasar. Aquella comunión era algo rutinario, pero para mí era la primera vez.
No sé muy bien por qué decidió mostrar ante mí su verdadera naturaleza. Tal vez deseaba reírse de mí. Tal vez estaba cansado de aquella farsa y deseaba romper el frágil equilibrio que el mismo había creado. Es posible, de hecho, que desease que yo lo revelase todo para sumir así el mundo en al caos. No lo sé. Lo cierto es que, cuando toqué el orbe, no recibí visiones apocalípticas ni vi edificio o ciudades colapsando. No vi las arenas del desierto consumiendo la vida ni el retorno de funestos ídolos primitivos en un futuro remoto, bajo un sol moribundo. No. Lo que vi fue su esencia, la esencia misma de aquel orbe.
El orbe era conocido como “Ojo de Dios” porque en el interior había una extraña energía que se materializaba formando lo que parecía un iris y una pupila. Nadie había osado cuestionar que se trataba del Ojo de la Providencia. Sin embargo, a mí se me mostró como algo radicalmente distinto: Era el ojo de un ser descomunal de mil rostros, cuyo cuerpo estaba recubierto por trompas y tentáculos que se contorsionaban espasmódicamente. “Yo soy el mensajero” dijo, mientras reía estruendosamente. Y pronunció un nombre: Nyarlathotep. Él estaba dentro del orbe. Él era el orbe.
La visión terminó y me sentí confundido. Aquello no podía ser cierto. Le pregunté a otro de los oráculos si la visión se podía equivocar, ante lo cual me respondió que no, que lo que el orbe mostraba era verídico e infalible. Me preguntó qué había visto, por qué estaba tan alterado. Lógicamente no podía contar lo que había visto, ya que pensarían que me lo estaba inventando o, incluso, que había sido corrompido por el Emperador Inmortal. Así que mentí.
Me pesó pecar de palabra, mas, sentí que no tenía alternativa. Es por ello que describí lo que podría ser una visión prototípica y él, lógicamente, me dijo que ese tipo de revelaciones catastróficas eran habituales y que ya me acostumbraría. Si realmente hubiera sabido lo que había visto… quien sabe lo que me habría respondido. Lo cierto es que, una vez que terminó el acto, sentí que no podía hacer como si nada de aquello hubiera pasado. Necesitaba entender por qué había visto aquello, qué había sucedido. ¿Habíamos acabado por vender nuestra lealtad al Falso Profeta del Apocalipsis? Quise averiguar que era eso de “Nyarlathotep” que había mencionado.
Al comienzo, no pude encontrar gran cosa. Casi todas las referencias a ese nombre procedían de la literatura de terror de principios del siglo veinte. Sin embargo, tirando del hilo, acabe descubriendo en aquellos relatos referencias a un tomo maldito, el Necronomicón. Si conseguía hacerme con un ejemplar podía que encontrase la respuesta a todo aquello.
Tras mucho esfuerzo, conseguí localizar un ejemplar en una biblioteca extranjera. Pedí que me lo trajeran para consulta, sirviéndome de la autoridad que me confería mi cargo. En condiciones normales, no me hubieran permitido sacarlo, dadas las singulares características de aquel libro; sin embargo, siendo yo quien era, no se atrevían a negármelo. Sin embargo, tardaría un tiempo en serme entregado, ya que debían realizar el papeleo pertinente y garantizar su seguridad durante el viaje. Vendría fuertemente custodiado.
Mientras ese tomo llegaba a mí, trataría de obtener información por otras vías. El orbe, ¿de dónde había salido el orbe? La tradición decía que le había sido entregado al Alto Monarca Santiago Mateo I por un misterioso peregrino que se hacía llamar “PETRVS”. En aquel momento se quiso ver como un milagro, sería San Pedro, que se había aparecido al Pontífice para entregarle aquel objeto sagrado. Sin embargo, en base a lo último que había visto, sospechaba que aquella historia encerraba un mensaje bastante más siniestro. Me acordé de las historias sobre la profecía de Pedro II El Romano, contenidas en los apócrifos, según la cual sería un papa llamado Pedro el que desencadenaría el Apocalipsis. PETRVS, el orbe… ¿estaría el oráculo de Malaquías refiriéndose a aquello?
Estuve rebuscando textos fundacionales de la Orden, tratando de encontrar más referencias al orbe. Tras mucho indagar acabé dando con un escrito de la época que emplazaba en Egipto el lugar de procedencia del orbe. Dada la importancia que Egipto tenía dentro del contexto bíblico, esto también fue visto como una señal más de que aquello era un objeto sagrado.
Sin embargo, no entendía por qué se afirmaba con tanta seguridad que procedía de Egipto, si la única fuente que se mencionaba era el testimonio del propio PETRVS. Este, supuestamente, se lo habría comprado a un mercader de Luxor, pero no había ninguna información entre los documentos eclesiásticos que permitiera respaldar aquella afirmación. Ni siquiera era posible conocer si aquel mercader había encontrado el orbe en Luxor o si lo había recogido en otra parte. Me molestaba lo vaga que era toda aquella información, era como si se estuvieran ocultando detalles de forma deliberada.
Lo siguiente que hice fue intentar conseguir información sobre el tal Nyarlathotep que no procediese de panfletos y libros de relatos. Nada. Al menos, no en los archivos de la Orden a los que yo tenía acceso. Recordé entonces que existía un archivo privado al que solo podían acceder los miembros más reputados de la curia eclesiástica. Yo era un buen candidato para lograr acceder a él; al fin y al cabo, había sido nombrado oráculo curial. Tan solo debía hacer mi trabajo lo mejor que pudiese y ganarme el respeto y el aprecio de mis compañeros de mayor rango. Era cuestión de tiempo que me ganara lo suficiente su confianza para que me dieran la llave.
***
Los siguientes meses me dediqué a tratar de aparentar normalidad, continuando con mis labores pastorales. Ni siquiera cuando me llegó aquel ejemplar del execrable Necronomicón di señales de estar implicándome en algo más allá de mis responsabilidades. Nadie sabía sobre la cruzada que estaba librando en secreto, ni siquiera aquellos a quienes consideraba mis confidentes.
Mientras por el día yo era un clérigo intachable, al caer la noche me enfrascaba en la lectura de aquel tomo de saber arcano y secretos oscuros. Gracias a él, comencé a saber más sobre Nyarlathotep. Sobre el Caos Reptante. Sobre el mal que vino de Egipto, de aquella tierra negra. Que vino de allí, al igual que el orbe. Buscando algún extracto que tratara sobre alguna esfera o algo similar, acabé por encontrar la descripción de un objeto que parecía encajar con la descripción: El Ojo de Nefrén-Ka, gestado en el Útero de Pnaklendorf.
El término “Pnaklendorf” parecía hacer referencia a una oscura deidad neolítica a la que llamaban la “Venus del hierro”, descubierta en un yacimiento de la al norte de la meseta española. En algunos textos mistéricos habían establecido una relación entre ella y otra entidad a la que llamaban “alumbradora de astros”, descrita en el viejo tomo que redactó un minero desquiciado.
Sin embargo, a mí el nombre que más me interesaba era el de Nefrén-Ka. Me sonaba vagamente su nombre, si no recordaba mal, era un faraón del Reino Antiguo que, supuestamente, fue el que estableció aquel canon representativo por el cual los dioses tendrían cabeza de animal. Yo no estaba seguro de hasta qué punto aquella afirmación tenía fundamento, ya que los motivos animales se veían incluso en época de Narmer. Sin embargo, era indudable que aquel Faraón había sido importante.
Pues bien, según me pareció entender, aquel Nefrén-Ka estaba conectado con la entidad de la revelación, con Nyarlathotep. Y, por extensión, el ojo también lo estaba. Pues, según decía el texto, Nefrén-Ka había convocado a Pnaklendorf, para “fecundarla” con la esencia del Caos Reptante. Aquel ojo era un ojo, pero también un óvulo, un huevo, cuya eclosión marcaría el fin del mundo como lo conocíamos.
Debo decir que, sin duda debido al estrés y a la ávida lectura de aquellos textos inquietantes, aquellas noches fui acosado por pesadillas perturbadoras. Con frecuencia, revivía la escena que observé al tocar el orbe, con aquella aberración riendo y susurrándome su aciago nombre. Pero, en ocasiones, mis sueños revelaban parajes diferentes. Soñaba con Egipto, con Nefrén-Ka, el faraón negro. Se volvía hacia mí directamente para decirme que todo era una mentira, que mi misma vida carecía de sentido. Luego me mostraba el orbe, y veía como en su interior se formaban aquellas imágenes del fin de los días de las que tanto hablaban mis compañeros, los otros oráculos.
Pero aquello no era lo peor. Lo peor fue cuando comenzaron las alucinaciones. A veces, mientras oficiaba el culto, las imágenes religiosas parecían distorsionarse ante mis ojos, revelando horrores infernales. Los santos se volvían demonios, la ramera de Babilonia reemplazaba a la virgen. Las escenas del libro del Apocalipsis se mezclaban con las insinuaciones grotescas del Necronomicón. Una vez, incluso, llegue a ver al faraón negro mezclándose entre los feligreses. En su mano sostenía algo muy propio de un soberano egipcio: un reloj de bolsillo. Entendía lo que pretendía decirme. Que se me acababa el tiempo. Que el fin estaba próximo.
Y, aun así, aquello no era lo que más pavor me causaba. Lo más atroz, sin duda, era no poder contar nada a nadie. Por primera vez en la vida me sentía totalmente solo y abandonado. Cuando rezaba, ni siquiera estaba seguro de que mis oraciones le estuvieran llegando a Dios; ¿y si, inconscientemente, todos estábamos dirigiendo nuestras plegarias al Caos Reptante?
Trataba de apartar aquellos pensamientos incómodos de mi cabeza, ya que cada vez me tenían más angustiado. ¿Tenía sentido acaso lo que estaba haciendo? ¿Qué debía hacer con la información que estaba consiguiendo? ¿Ocultarla y proteger la institución? ¿O divulgarla para advertir a todos sobre la amenaza de Nyarlathotep, aunque eso supusiera poner en riesgo a la Orden y dejarnos vulnerables ante la amenaza del Emperador Inmortal? Nyarlathotep y el Emperador. Era como estar entre la espada y la pared, mantener a raya al uno implicaba dar manga ancha al otro.
Y, por otro lado, ¿tenía sentido proteger a la institución aun sabiendo lo mucho que se había apartado de la Verdad? Aquella no era ya la Iglesia de Cristo, sino algo diferente, corrompido. Los santos valores cristianos se habían perdido tiempo ha; lo que quedaba era un cascarón vacío, una Babilonia pecaminosa. La gran pregunta que me quedaba era si existía acaso una forma de salvar mi alma en medio de aquel mundo de locos.
No pude evitar darme cuenta de la ironía. Yo siempre había deseado conocer la Verdad, si es que acaso había una. Aquella era la razón por la que me convertí en oráculo curial. Y, ahora que podía verla ante mis narices, sentía como si todo mi mundo se desmoronara. Sabía que el mundo estaba en las últimas. Nuestra sociedad colapsaba lentamente. Pero jamás pensé que, en aquella institución que se ofrecía como la salvación, como el último bastión de los virtuosos, habían arraigado tan profundamente las flores del mal.
***
Pasaron unos meses hasta que, finalmente, conseguí que me autorizaran para visitar el archivo privado. En aquel tiempo, no solo había leído el Necronomicón, sino también los Misterios del Gusano, el Cultos Innombrables, los Cultos de los Gules y todo aquel libro que pudiera darme pistas sobre la naturaleza de aquel orbe perverso. Acabé accediendo incluso a los manuscritos de aquel minero enfebrecido, a los cuales aludí con anterioridad. Creo que la comunidad los llamaba “Manuscritos de Olleros”, por el pueblo natal de aquel minero, aunque no tienen un nombre “oficial”.
Accediendo a todos aquellos textos, pude hacerme una idea de qué era a lo que me enfrentaba. Además, supe sobre un artefacto, el espejo de Narciso, otra herramienta creada en el Útero de Pnaklendorf que permitía revelar la verdadera naturaleza de las cosas. Si lograba que el orbe se viera reflejado en aquel espejo, la gente descubriría el horror que ocultaba en su interior. Pero, ¿debía hacerlo? Además, me preocupaba estar siendo víctima de una tremenda paranoia, como la que solía asaltar a aquellos cuya mente había sido perturbada por el Emperador Inmortal. Siempre había creído que mi fe me protegería, pero, ¿seguiría siendo el caso, ahora que mi fe flaqueaba?
De cualquier manera, el día que acudí por primera vez al archivo me advirtió de que tuviera mucho cuidado con no divulgar públicamente los contenidos de nada de lo que se custodiaba allí. Por cómo me lo dijo, sonó como una amenaza. Insinuaba que, si aquello pasaba, habría consecuencias. Sabía que no eran palabras vacías, la Orden era inflexible con los traidores. Tragué saliva. Si iba abiertamente contra ellos, sin duda acabaría en la cruz como un malhechor. O, tal vez, quemado en la hoguera, empalado al amanecer o descuartizado.
Sentí nauseas. ¿Cómo había normalizado en mi cabeza tanto aquellas cosas? Fue algo extraño. En aquel mundo loco, era como si yo, progresivamente, estuviera recuperando la cordura. No eran normales las barbaries que cometía la Orden. No había nada santo en las mutilaciones. Corrían rumores de que el Necronomicón perturbaba a aquellos que estaban sanos de mente, pero, ¿era posible que, en una mente enajenada, aquella lectura tuviera el efecto contrario?
Tal vez, simplemente me había dado cuenta de que los rituales y las insinuaciones grotescas que contenía aquel libro no eran mucho más demenciales que los castigos y los postulados de la Orden. Que una institución como la nuestra, que se ofrecía como adalid de la verdad, en su esencia no era menos abyecta que aquel libro, tachado de maldito e inmoral. ¿En qué momento nos alejamos tanto de lo que defendían los Evangelios? ¿Cómo habíamos sucumbido de tal forma a los fraudes del Falso Profeta? Nosotros, que nos creíamos la Iglesia Triunfal del Apocalipsis, éramos en verdad aquellos miserables que, marcados en la frente con el número de la Bestia, marchábamos hacia aquel charco de azufre hirviendo, donde nos habríamos de consumir.
Debo decir que me resulto inquietante que, al poco de comenzar a echar un vistazo a aquellos documentos secretos, ya estaba hallando revelaciones oscuras y aberrantes, ocultas a plena vista. Cualquiera que tuviera acceso a esa sala sin duda había podido consultarlas, lo cual ponía ante mis ojos una revelación aún más terrible: los altos cargos de la Orden conocían aquellos secretos, eran conscientes de la farsa de la comunión, pero callaban. Callaban para proteger el status quo, para salvar su autoridad y los privilegios de los que tan vilmente se habían apoderado.
El tal PETRVS estaba lejos de ser San Pedro: eran las siglas de Penitentia Et Tenebrae, Res Vacuae Siblant. La penitencia y las sombras, las cosas vacías susurran. Penitencia, vacuidad, susurros. Nyarlathotep. De hecho, en el texto en el que aparecía referido aquello, no se molestaban en disimular que se trataba de él, pocos párrafos más tarde aparecía bajo aquel nombre. Que era San Pedro dicen… panda de mentirosos. ¿Cómo podían tan siquiera dormir tranquilos sabiendo eso?
Pero es que era peor. Penitentia Et Tenebrae, Res Vacuae Siblant les había dicho que, si seguían sus preceptos, los preceptos del orbe, recibirían riqueza, fortuna y una larga vida. Que nunca les faltaría de nada. Pero que, a cambio, debían ofrecerle sacrificios. Sacrificios… los crucificados, los ajusticiados. En realidad, no eran castigos ejemplares para los pecadores, sino parte de un ritual brutal y macabro. Todos lo sabían, pero nadie hacía nada. ¡El Falso Profeta, oh, el Falso Profeta! Mis teorías cada vez se veían más respaldadas por la luz de una Verdad brutal y pavorosa.
Sé que me estoy repitiendo mucho. Quizás esté dando vueltas en círculo con respecto a determinadas cuestiones. Pero, quien lea esto, debe ser consciente del estado de excitación en que me encontraba. Sabía la verdad, pero… ¿qué debía hacer ahora con ella? ¿Someterme al Caos Reptante, como hacían todos? ¿O iniciar una cruzada en solitario que sin duda me conduciría a mi propia muerte, sin conseguir nada con ella? Sería el enésimo hereje asesinado por hablar más de la cuenta.
Aquel pensamiento azaroso me dio la clave. Los herejes. Había algunos de ellos que, manteniendo un perfil bajo, habían conseguido medrar en las filas de la Orden. Ellos se consideraban seguidores del antiguo cristianismo y llevaban tiempo buscando un pretexto para deponer al Alto Monarca. Yo se lo daría.
Me puse en contacto con un miembro importante de los herejes. No puedo decir quién, por cuestiones de seguridad. Pero lo cierto es que se mostró muy receptivo con aquello que le transmití. Me dijo que además llegaba en buen momento, la Orden últimamente estaba teniendo dificultad para reprimir a los seguidores del Emperador. Pregunté como podía ser bueno aquello, ante lo cual me indicó que, el hecho de que tuvieran a sus principales activos desplegados fuera, implicaba que tendrían menos capacidad de reacción si yo “armaba un alboroto”.
Aquello me asustó. ¿No significaba aquello servir en bandeja de plata el triunfo a aquel abyecto Emperador? Mi contacto me respondió que no, que tan solo “confiase en ellos” y que “aquellos ejecutores que estaban del lado de los herejes me protegerían a mí y lograrían mantener la estabilidad a cualquier precio”. A cualquier precio… no puedo decir que me gustara como lo dijo. Pero, en mi cabeza, cualquier cosa era mejor que lo que teníamos. En verdad, qué relativo es todo en esta vida. Echaba de menos la simplicidad de mi infancia, en la que fantaseaba con entrar en la Orden para defender el bien, ser parte del último baluarte que protegía a la civilización frente al caos. Y resultaba que el Caos estaba allí dentro. El maldito PETRVS, Penitentia Et Tenebrae, Res Vacuae Siblant. Aquel al que llamaban Nyarlathotep.
Lo cierto es que tramamos un plan. Un plan en el que nos jugaríamos a una carta el futuro de la humanidad. Un plan que nos sacaría de aquella falsa seguridad, de aquel terrible engaño para arrojarnos a la incertidumbre. ¿Hallaríamos la salvación? ¿O sería la ruina aquello que nos aguardaba?
De cualquier manera, debíamos esperar a la festividad de Año Nuevo, el único momento en el que el Alto Monarca se mostraba públicamente con el orbe, supuestamente para “repartir sus bendiciones”. Cuando saliera al balcón yo iba a tener el “honor” de aparecer junto a él. Cerca, muy cerca. Lo suficiente para exponer la verdad del Ojo de Nefrén-Ka utilizando el Espejo de Narciso, que resultó estar en manos de los herejes. Al parecer, llevaban un tiempo tramando usarlo, pero nunca se les había presentado la oportunidad. Y, ahora, yo iba a dársela.
Tan solo había un problema: el espejo era demasiado grande para ocultarlo. Muy visible, sin duda. Si lo llevaba encima, el Alto Monarca descubriría mis intenciones y el plan se iría al traste. Sin duda debía conocer aquel artefacto y dudo mucho que no se hubiera prevenido contra él.
La idea que tenían los herejes era recortar un fragmento lo suficientemente pequeño para que lo llevara encima. La pregunta era: ¿seguiría funcionando al separarlo del marco? Debíamos arriesgarnos y descubrirlo sobre la marcha, no teníamos otra alternativa. Si lo hacíamos así, ese día, de esa forma, todo el mundo vería el monstruo al que ciegamente estaban siguiendo. La farsa se desmoronaría, el engaño caería por su propio peso. Y, aunque siguiéramos temiendo a la amenaza del Emperador, tal vez, y solo tal vez, pudiéramos quitarnos de en medio al temido Nyarlathotep. Que iluso fui, pensando aquello.
***
Hasta que llegaron las festividades de Año Nuevo, seguí obrando diligentemente, sin desatender los deberes que me confería mi posición. Aquellos días estuve muy atento a mi entorno, ya que lo herejes iban a estar allí para apoyarme, y me dieron una forma de diferenciarlos entre la multitud. Como es obvio, no puedo decir cuál era. Pero lo cierto es que nunca había sido consciente de cuantos se ocultaban, ya no solo entre los feligreses, sino en el seno de la misma Orden. Aunque, tal vez, llamarlos “herejes” sea un error, ya que ellos al menos no seguían conscientemente a una aberración polimórfica e indescriptible, surgida de las más oscuras profundidades del Kemet. Muy probablemente, no había cosa más herética que la misma institución, que había profanado el noble nombre de nuestro Señor Jesucristo.
Según se acercaba el día de la confrontación decisiva, mi nerviosismo se incrementaba. Es por ello que reduje mis apariciones públicas, por miedo a cometer algún desliz que me dejara expuesto. Visto en retrospectiva, puede que lo que hice resultase incluso más sospechoso, fue una fortuna que ninguno de ellos tuviera puesta su atención en mí. Al fin y al cabo, yo era un respetable curial que, por sus singulares méritos, había sido ascendido a oráculo curial. Todo en mí era intachable. Por eso yo era el candidato perfecto.
Volvió a venir a mi cabeza aquella duda, ¿por qué la verdad a mí me había sido revelada de una forma tan atroz que me llevó a sentir semejante rechazo? Tal vez si lo hubiera ido descubriendo poco a poco, como el resto, hubieran podido manipularme para que respaldara sus maldades. Cuanto más pensaba en ello, más sentido cobraba mi teoría de que el Caos Reptante de verdad quisiera que lo desenmascarase. Pero, ¿qué podía hacer yo? Ya no había alternativa, solo quedaba seguir adelante con aquello.
Y eso hice. Aquel día decisivo, yo estaba a la izquierda del Alto Monarca. Era irónico, no pude evitar sentir como si estuviera interpretando el rol de Judas en alguna clase de representación macabra. Pero no. Recordé el lema de los herejes: IVDAX REX MUNDI. Judas es el rey del mundo. Y, ¿quién era el rey del mundo? Aquel hombre que estaba a mi lado… aquel era el verdadero Judas, ocultando su impureza bajo un velo de santidad, un demonio hecho hombre que posaba como el más virtuoso de los virtuosos, el más justo entre los justos. Él conocía el engaño, la farsa de la comunión. Pero, aún así, era capaz de salir allí, con aquella sonrisa beatífica, dispuesto a seguir engañando a todos e inmolando en impío sacrificio a todo aquel que osara cuestionarme.
Sentí nauseas al pensar en ello. Pero, por fortuna, si todo iba bien, aquello iba a terminar pronto. Seguía sin saber si era lo correcto, pero, aun así, lo hice: en el mismo momento en que el Alto Monarca alzó el orbe sobre las cabezas de todos aquellos que estaban allí congregados, yo saqué de la manga de mi sotana aquel fragmento de vidrio. Y, cuando quisieron darse cuenta de mis intenciones, ya era tarde.
Sí, funcionó. Incluso separado del resto de su superficie, aquel trozo del Espejo de Narciso retuvo todo su poder, cumpliendo con su objetivo a la perfección. Fue una escena aterradora, no es simplemente que aquella aberración se viera reflejada en el cristal, sino que su verdadero aspecto fue forzado a manifestarse en el plano material. Lo que yo no sabía es como iba a manifestarse.
El orbe convulsionó y se introdujo brutalmente en el cráneo del Alto Monarca. Este se arrojó al suelo, mientras babeaba y se retorcía, mientras su espalda se abría, como una crisálida. Mientras aquel pecador agonizaba, la bestia que salía de su espalda reía y se burlaba de los presentes. Dio un discurso, aunque lo recuerdo vagamente. Sé que se mofó de todos aquellos que le habían seguido y declaró que todos ellos, que habían guardado silencio mientras la sangre se derramaba, eran cómplices de todo aquello, que sus manos estaban también manchadas. Que todo el pueblo se había salido por completo del camino de la Salvación, al limitarse a seguir como borregos sin cuestionar nada. Habían sucumbido a la pereza, era más fácil seguir a la masa que ir contra lo establecido, de buscar la verdad.
Tras un largo monólogo, el Caos Reptante concluyó con una última y lapidaria frase. “Aunque, en verdad, nada de eso importa ya. Nunca ha importado. Porque Dios ha muerto. Vosotros lo habéis matado. Aunque, ¿acaso puede morir aquello que nunca ha vivido?”
Y, con una carcajada, se desvaneció. Todo el mundo volvió su mirada hacia donde hace unos instantes nos encontrábamos el Alto Monarca y yo. Pero el Alto Monarca yacía muerto. Y yo ya no estaba allí, había aprovechado el caos, la confusión, para huir, ayudado por los herejes.
En aquel momento, alguien dijo una sola frase. “Al final, era cierto que debíamos seguir al Emperador Inmortal”. Pronto, otros se unieron a él. Los ejecutores pasaron a la acción para contenerlos. Fue una masacre.
Ahora, mientras escribo esto, yo me veo en una situación irónica y bizarra. Van a hacerme Papa. No Alto Monarca, sino Papa. Los antes llamados herejes, que ahora se han adueñado del antiguo nombre de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana, se han hecho con el poder y me han presionado para que sea su cabeza. En el fondo, solo soy una figura con un papel simbólico. Un títere. Quieren aprovechar la influencia que yo había conseguido mientras aún era oráculo curial, sumada a la que había obtenido después, cuando ellos se encargaron de mostrarme al pueblo como el héroe que había expuesto las mentiras de la vieja curia, que ellos se encargaron de desmantelar.
Todavía desconozco el alcance de aquello que he provocado. Solo sé que, aunque públicamente se ha vendido lo que sucedió como un triunfo, en las calles cada día hay más caos, más crispación. Los seguidores del Emperador Inmortal cada día tienen más fuerza y los antiguos ejecutores, que ahora son quienes controlan en secreto la Iglesia, están teniendo cada día más dificultad para contenerlos. El otro día, uno de ellos se suicidó, al darse cuenta de que la influencia del Emperador comenzaba a apoderarse de su mente.
Yo, Justino, que pronto seré nombrado papa, aún en pleno uso de mis facultades y plenamente cuerdo, lanzo una pregunta al cielo. Dios, si estás allí… por favor, dime si he hecho lo correcto. Dime qué será de nosotros. Aunque, puede que, a causa de nuestras trasgresiones, nuestra voz ya no vuelva a alcanzarte nunca más.
Así que, por favor… ten misericordia, Señor. Porque todos hemos pecado contra ti. Y yo también soy pecador. Porque te he fallado. Me equivoqué. Por favor. Por favor. Por favor. No quiero morir.
SÁLVAME.
—Por Yuke Kabula.





