BORRADOR 12-23-1 «Ave Imperator»

Se abrió el suelo y auroras furiosas se abatieron Sobre las estremecidas ciudadelas de los hombres. Entonces, aplastando lo que había moldeado por juego, El Caos idiota barrió el polvo de la Tierra.
Howard Phillips Lovecraft, “Nyarlathotep”

***

Llegaron tiempos oscuros, aunque, a esas alturas, ya a nadie le extrañó. Todos habían callado, cómplices, mientras los gobiernos del mundo se dedicaban a hacer la guerra y consumir los recursos del mundo. Como un Behemot insaciable, la bestia de la gula, cuyas fauces gigantescas podían beberse un río entero, tragándose toda la vida que este albergase. Pero, seco el río, solo quedaba desierto, arena y polvo.

Fueron tiempos en los que cayeron y nacieron imperios, en los que, lo que un hombre levantaba, otro lo derribaba. El hermano mataba al hermano. El rico pateaba al pobre. Y, en apenas unos días, el rico se convertía en el nuevo pobre, preparado para recibir sobre su rostro la suela de aquel que habría de ocupar su lugar el aquella rueda vieja y decadente, que pronto descarrilaría para acabar en una oscura cuneta, cual víctima olvidada de alguna guerra pasada.

En la última de las grandes repúblicas del mundo, un hombre se preparaba para su gran momento, arreglándose y atusándose en su gabinete. La presidenta estaba a punto de dimitir, acosada por sus rivales políticas y sufriendo las amenazas que le llegaban de aquel pueblo descontento que, irónicamente, había sido el que la había colocado allí en primer lugar. El hombre sonrió, mientras se mesaba las barbas. “Irónica es la vida, irónico es el sueño” pensó. Y, lo siguiente que pensó, era que su vello facial empezaba a resultarle molesto.

Ayudado por sus esteticistas, se quitó todo el cabello que consideraba que le sobraba. Se miró al espejo: pese a su cabello blanco y su piel tostada por el sol, ahora casi parecía un hombre joven. Un resplandor brilló en sus ojos amarillentos. No recordaba ya como había empezado todo. Ni siquiera sabía ya quien había sido, pero tenía muy claro quien era ahora mismo y qué era lo que debía hacer. Había esperado milenios para que llegara ese momento.

Él era el final profetizado por el Nyarlathotep, del cual había sido digno heredero, pese a ni siquiera compartir su sangre. Pues él no había sido engendrado entre los dioses, sino entre los hombres, aunque él sentía que los había sobrepasado a todos. El orgullo bullía en su corazón, y lo único que le hacía ansiar el caos era el mero hecho de que se sentía capaz de causarlo. Lo hacía porque podía. Y era tan divertido…

Se dirigió a su guardarropa, debía decidir que modelo iba a llevar en su primera aparición publica como el líder más poderoso del mundo, como él caudillo que lo llevaría a un final que él ya había visto innumerables veces y conocía a la perfección. ¿Debía ir de rosa el fin del mundo? Sería irónico, pero muy excesivo. ¿Una gabardina amarilla? No, pues podrían confundirle con el Inefable, con la competencia. Barajó ir de traje, pero al final lo descartó, ya que sería muy cliché. Eso le dejaba una chaqueta negra con cuello de plumas y decoración con un aire steampunk. Era algo excéntrica, pero elegante al mismo tiempo. Y, de todas formas, hasta cierto punto era conveniente que lo subestimaran, que pensaran que no era más que un hombrecillo extravagante e inofensivo, preservando, por ahora, aquella fachada que tan meticulosamente se había creado y que había conseguido mantener por tanto tiempo.

En aquellos milenios, no había cometido ningún error. Todo había sido meticuloso, calculado, perfecto. Irónico, teniendo en cuenta que venía a traer el caos, el desorden. Ya había arrebatado el alma de las masas al haberse asegurado de que ya no tuvieran dios al que adorar. Los hombres habían abandonado a lo divino y lo divino se había distanciado de los hombres. Era como una macabra reinterpretación del mito clásico de las edades que él tan bien conocía. Al fin y al cabo, él mismo se lo propuso al viejo Hesíodo, cuyos restos mortales descansaban en alguna fosa.

Pero los suyos jamás conocerían la tumba. Pues es Eterno. Él es el mago de Oz, moviendo hilos, oculto tras una cortina de humo y engaño. Un ser miserable, pero que se había impuesto a todos sus semejantes al morder el fruto del árbol de la vida y ofrecer el de la ciencia a sus hermanos. La droga Liao… aquello fue algo divertido. Si el mundo supiera los verdaderos secretos de Tindalos, aquel Edén perdido más allá del tiempo y el espacio…

Pero no, nadie jamás lo sabría. Solo él podría conocer esa Verdad, solo él podía ser quien pudiera jugar eternamente aquella partida macabra en la que solo se enfrentaba a si mismo, teniendo a los humanos como peones y a los dioses como entretenidos espectadores. ¡Los dioses! Presa de su embrujo. El bufón definitivo, el corifeo de los flautistas, el Metatrón incógnito.

Pero no era momento de regodearse. Debía salir allí y dar su discurso ante aquellos simios ignorantes que le aplaudirían. Pues ya no era el tiempo de los hombres, ya no era el tiempo de la mentira. Citando el cuarto de sus ensalmos:

Este es el tiempo del Emperador Inmortal.

—Por Yuke Kabula.

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